DAVID SYLVIAN “SECRETS OF THE BEEHIVE”

davidDavid Sylvian

Secrets of the Beehive

1987.Virgin.

Pop/ Rock / Art-Rock

Ni rastro de maquillaje en The Secrets of The Beehive. El otrora astro new romantic David Sylvian –al que en un arrebato de entusiasmo algún periodista británico calificó como “el hombre más guapo del mundo” (sic)– reaparecía con este inolvidable disco convertido en un elegante y algo alicaído crooner de salón, dispuesto –como ya se podía intuir en el anterior Gone To Earth (1986)– a dejar atrás los sintetizadores en batería y el barroquismo glam de los tiempos de Japan, para entregar una rodaja maestra de art-rock de proverbial contención, iluminada por los pianos escurridizos de Ryuichi Sakamoto y la exquisita producción de Steve Nye.

La atmósfera cinematográfica, el minimalismo y la música repetitiva, el jazz experimental y el post-rock antes del post-rock se combinan con otros sonidos imprevisibles en un ramillete de canciones memorables, como Mother and Child (ritmo cadencioso en el que de repente irrumpen los pianos de dibujos animados de Sakamoto), los neowesterns The Boy With The Gun y Orpheus, la etérea melodía con vocación de standard, eso sí bellamente ralentizado (y brevísimo), September o When Poets Dreamed of Angels (desmayada balada con guitarra flamenca, jazz y suaves toques tex-mex, todo a la vez, arreglos orquestales impresionistas, cortesía de Brian Gascoigne). Pero tampoco me hagan demasiado caso: resulta difícil destacar unas canciones por encima de otras. Pocos discos proporcionan tanta sensación de unidad y consistencia como éste, que sin duda debe escucharse del tirón, sin esperar apariciones de hits.

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David Sylvian, del glam a la sobriedad

Pese a su aparente contención, el disco suma talentos portentosos y esquivos: están Steve Jansen a la batería (hermano de Sylvian y también antiguo miembro de Japan), David y Danny Torn a las guitarras de todo tipo, el doble bajo de Danny Thompson, el fiscorno y la trompeta de otro tipo de currículum apabullante, el también compositor cinematográfico Mark Isham, y por supuesto Sakamoto, que, para ser justos, quizá debería haber firmado este disco al alimón con el ex cantante de Japan. Al modo bressoniano, Sylvian alcanza las mayores cotas de emoción de su carrera a través de la contención y la regularidad, sin alzar la voz ni una sola vez, meciéndose con elegancia y cierta indolencia sobre un colchón de música sutil y conmovedoramente otoñal, que secretamente aspira a conquistar la emoción que solo puede emanar del silencio.

Enric Ros

 

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